Chicos, incorporo todas las tareas de la semana con el afán de que las impresiones las tengan desde el inicio de esta y no haya pretextos con la misma.
Las impresiones que solicito algunos ya las tienen, no es necesario reimprimirlas pero si llevarlas a clase para utilizarlas, en caso de no tenerlas ya saben que hacer.
Texto 1: Hace diez minutos que llegué de nuevo
aquí, a ciudad donde nací. Todo ha cambiado demasiado. Voy caminando por la
Avenida del Río. Ahora doy vuelta en la calle del Lago Viejo, caminando rumbo a
mi vieja escuela. Apenas falta una cuadra para llegar, suena la campana de la
escuela. Sigo caminando y mientras más me acerco, me envuelve el barullo de los
estudiantes. Blanca me ve y me saluda, preguntando por qué no he ido a clases.
Con toda la tristeza del mundo le digo que he estado preparando mis cosas,
porque mi familia y yo nos iremos a otro Estado. Me mira con tristeza, mientras
por su mejilla rueda una lágrima. No decimos nada más, sólo nos abrazamos. Un
sentido y cálido abrazo que no he olvidado en estos quince años de ausencia.
Llego a la escuela y doy vuelta a la izquierda, rumbo al nuevo centro comercial
que voy a supervisar.
Texto 2: Los dos empleados del restaurante se
encontraban limpiando las mesas después de cerrar el local. En ese momento
ingresaron al lugar dos encapuchados que les exigieron la recaudación del día.
Luego los asaltantes escaparon en un auto que habían robado dos horas antes en
el estacionamiento de un supermercado.
Texto 3: Mientras Macondo celebraba la reconquista
de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron el polvo a su
vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo. Había estado en
la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad.
Repudiado por su tribu [...] decidió refugiarse en aquel rincón del mundo
todavía no descubierto por la muerte, dedicado a la explotación de un
laboratorio de daguerrotipia. Cien años de soledad, de Gabriel García
Márquez
Texto 4: Cuando intenté levantarme para andar por
el suelo, resbalaba, y aunque ya me figuraba dónde estaba, preferí no pensar,
pues me acordé de lo que mi madre me había dicho en su lecho de muerte. Yo
estaba a su lado, muy triste, y mi madre, que se ahogaba, tuvo fuerzas para
levantarse de medio cuerpo para arriba y con el brazo largo, largo y seco como
un mango de escoba, me pegó un tremendo guantazo y me gritó aunque apenas se la
entendía: !no pienses! Y murió. Mi Cristina, de Mercé Rodoreda
Texto 5: Era la hora en que los niños juegan en
las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún
las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había
visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus
alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados,
mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el
cielo del atardecer.
Texto 6: “Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella
tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Cien años de soledad
de Gabriel García Márquez.
Texto 7: “Bastará decir que soy Juan Pablo
Castel, el pintor que mató a María Iribarne”.
Texto 8: “Tampoco vendrán en mi defensa testigos
que se puedan comprar con el dinero, el favor o la autoridad.”
Texto 9: “El día en que lo iban a matar, Santiago
Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba
el obispo”.
Texto 10: “Las hormigas se comerán Roma. Esta
dicho”.
Texto 11: Camino hacía mi casa. Son las ocho de
la noche y hace menos de diez minutos que logre terminar con los reportes. El
día fue largo y cansado. Aún me queda mucho camino por recorrer hasta mi casa,
la que extrañe hoy más que nunca. Con el pijama puesto, me dispongo a preparar
una rica cena congelada llena de grasas saturadas y azucares refinados que
lograrán hacerme sentir mejor. Junto con mi película favorita lista para verse,
el sillón de la sala preparado con mantas y almohadas, la luz apagada y
sabiendo que mañana es sábado, he logrado tener un final feliz para el día más
estresante y saturado de mi vida. Ya estoy en la parada del camión, mientras
espero que llegue leo algunos anuncios colocados a un lado de los asientos, lo
veo venir, es un alivio. Subo en al camión y pago la cuota requerida, así
comienza la segunda etapa de mi regreso a casa, ésta durará una hora si bien me
va y ya después caminare unas veinte cuadras hasta mi añorado destino final.
Texto 12:
El perro que deseaba ser humano
Autor: Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921 – México, D. F., 7 de febrero de 2003), escritor hispanoamericano, conocido por sus colecciones de relatos breves e hiperbreves.
En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.
Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.
Texto 13:
La leyenda del Cardón
Dos jóvenes enamorados, Kehuailla
y Pasakana, hija ésta de un curaca, huyeron debido a la prohibición del padre
de la doncella al matrimonio. El cacique decidió perseguirlos. Reunió a su
gente, los organizó en pequeños grupos y les ordenó que recorrieran la comarca
por distintos caminos. A punto de ser alcanzados, los amantes pidieron
protección a Pachamama. La madre de la Tierra abrió un repliegue en su seno y
allí los albergó. Para engañar al despechado suegro que vigilaba la salida de
los novios, Pachamama hizo surgir a Kehuailla envuelto en un poncho verde,
dentro del cual tenía abrazada a su dulce amada. Por eso, cuando en la primavera
quiere ver la belleza de los cerros, para no ser reconocida por su padre, se
asoma en la forma de una bella flor. Ésta es la leyenda del cardón.
Texto 14:
El Eclipse de Augusto Monterroso
Texto 14:
El Eclipse de Augusto Monterroso
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
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